Se nos pasó nuestro cuarto de hora,
ellos proclaman, exclaman,
replican, dictan,
sin duda para matarnos,
para borrarnos,
nos recuerdan todos los días
que la lucha se quedó
en las barbas de los barbudos,
en los pantalones de campana,
en las flores,
que ahora este siglo que se presenta
es de ellos,
de las corbatas, las oficinas,
la vida de esquina,
de la injusticia necesaria,
pero cómo les jode nuestro grito seco,
nuestra voz enterrada,
cómo les jode la verdad dura y llana,
cómo les jode a ellos
todas las canciones,
todos los versos,
porque todos, todos,
están de nuestro lado,
acá en nuestra orilla,
y ellos erre que erre en matarnos,
en declararnos trasnochados
y qué bien se sienten en su comarquita
con sus historias y sus cuentos
donde el lobo siempre es rojo
y caperucita se salva
porque sabía inglés,
qué bien se sienten haciendo
sus pósters y sus camisetas,
en su pecera,
pero cómo les jode que no seamos moda,
ni póster,
ni camiseta,
ni bandera enarbolada,
y qué verdad dura y callada,
qué pasión sin sangre,
qué locura esta de no ser nada;
nosotros no nos vencemos,
ellos tampoco,
mejor,
porque cómo nos gusta incordiar,
molestar, decir palabrotas,
ser diferentes
en su mundo de uniformes,
y cómo nos gusta
tener la última palabra,
pero sigan,
sigan intentando matarnos,
callarnos moliéndonos a palos,
sigan haciendo camisetas,
pósters,
que a pesar de sus palos,
de sus calles sin nombres,
de su injusticia necesaria,
aquí... estamos nosotros.